El Partido Popular Europeo celebra un congreso en el que elegirá a su candidato a la Comisión Destacado

Manfred Weber (izda.) y Alexander Stubb, ayer, en un debate durante el pleno del congreso del Partido Popular Europeo en Helsinki. KIMMO BRANDTEFE Manfred Weber (izda.) y Alexander Stubb, ayer, en un debate durante el pleno del congreso del Partido Popular Europeo en Helsinki. KIMMO BRANDTEFE

Los conservadores deben decantarse entre dos opciones: el finlandés Alex Stubb y el alemán Manfred Weber

Un presidente único para la UE

Las crisis económica, política y social de la última década han hecho mella en todos los partidos europeos. Por la derecha y por la izquierda, desde dentro y desde fuera, aprovechando la debilidad de las costuras, han surgido opciones alternativas a las fuerzas tradicionales. Lo mainstream suena a obsoleto, a frágil. En los pasillos de los parlamentos se escuchan llamadas al cambio, la regeneración, la transformación.

Los grupos, las familias políticas, tratan de encontrar fórmulas no siempre nuevas, pero sí que se adapten a las nuevas realidades. El Partido Popular Europeo, no. El PPE ve los desafíos, pero en lugar de escuchar lo que considera cantos de sirena aboga por volver a los orígenes. Por eso, de cara a las próximas elecciones europeas, ha decidido que el rostro que los represente debe salir de unas primarias entre un finlandés conservador y un bávaro aún más conservador.

Los 'populares' celebran estos días en Finlandia su 25º Congreso, donde no sólo buscan debatir sobre sus principios y valores, sino escoger a su 'Spitzenkandidat', la persona que podría convertirse en el próximo presidente de la Comisión Europea. Las opciones son Alex Stubb, ex eurodiputado, ex ministro y ex primer ministro finlandés que presume de haber impulsado la política de austeridad más importante de la historia reciente de su país. Y Manfred Weber, el bávaro que aspira a dirigir la CSU, el hombre de Angela Merkel y jefe de filas del PPE en la Eurocámara los últimos años.

Todas las quinielas dan por vencedor al germano. No hay nadie que se posicionara el primer día del Congreso en el lado contrario, antes de que los 734 delegadosemitan en secreto sus preferencias. Pero lo cierto es que a lo largo de todo el día las apuestas iban matizándose, y de una paliza abrumadora se pasó, en los corrillos, a predecir un 60-40% como posible escenario final.

Un 'outsider' versus un hombre de Merkel

Stubb es el 'outsider'. Vicepresidente del Banco Europeo de Inversiones en excedencia, tiene en contra al partido y a las delegaciones más importantes. Lleva cinco semanas de campaña y otras tantas quejándose, siempre a nivel interno, de que quien debería ser más neutral está con Weber y no lo disimula. El grupo niega toda preferencia, pero está claro que el bávaro cuenta con el respaldo de la estructura. Deportista, fresco, políglota y con más capacidad oratoria que su rival, no cuenta sin embargo con la confianza de un PPE en abierto dilema interno. Una parte, la que él representa, quiere virar al centro, alejándose de la deriva cercana a los extremos de Hungría o Austria. Apostar por Europa, por una coalición de proeuropeos y centrarse en los nuevos retos del siglo XXI. Otra, la mayoritaria, prefiere un repliegue, volver al mensaje central de los 'padres fundadores', el patrón que tantas décadas de éxito les dio tras la Segunda Guerra Mundial.

Weber, un conservador en Bruselas y un moderado entre los suyos de Baviera, sabe leer bien los tiempos, el pulso de la derecha europea y del poder. Ofrece estabilidad, discreción, un perfil alejado del estilo personalista y provocador del candidato que ganó el último Congreso: Jean-Claude Juncker. Los jefes de Estado y de Gobierno populares parecen decantarse por alguien mucho más de partido, dispuesto a respetar las jerarquías y sin ganas de sacudir los cimientos. Weber representa sin duda mucho mejor esa corriente, orgullosa de sus resultados, del orden y un progreso controlado. Una línea mucho más tradicional.

Ambos candidatos se vieron las caras el miércoles por la noche en un debate descafeinado, al que el germano puso todo tipo de pegas en las semanas previas. Sin ataques, interrupciones ni disensiones de calado. No chocaron (es más, mostraron muchos puntos en común y eso rebajó la posible ventaja de Stubb en su campaña para ofrecer una alternativa creal) pero en su acercamiento se pudo apreciar lo lejos que están el uno del otro.

El finlandés, que se encomienda al voto secreto y a jugar en casa, habló de inteligencia artificial, de robots, de coches sin conductor, de adaptación y desafíos tecnológicos, más a ratos como un gurú de Silicon Valley que como un demócrata cristiano de los que poblaban la sala. Weber, mucho más en sintonía con su público, habló en cambio del balance positivo en el haber de los populares europeos, de Mariano Rajoy a Andonis Samaras pasando por Passos Coelho, levantando casi el único aplauso de la noche. Habló de tradición, de seguir con lo que siempre han sido los 'populares', de austeridad y de reconectar con Europa, sin preguntarse qué fue precisamente lo que provocó la separación. Uno se centró en el futuro, el otro estaba cómodo en el pasado. Uno se preció de ser alemán y el otro de su orgullo europeo. Uno quiso emocionar, el otro se conformó con tranquilizar. Es lo que diferencia a un conservador de un liberal. Es, seguramente, lo que separará también a un candidato del mero aspirante.

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